Año 1871, el periodista del New York HeraldHenry Stanley, ha llegado a orillas del lago Tanganica tras varios años recorriendo África.

Allí, tras un largo camino, ha logrado encontrar a quien había ido a buscar y, tras unos momentos de nervios y dudas, al fin se acerca y pronuncia la famosa frase:

“El Doctor Livingstone, supongo”. 

Allí estaba, uno de los exploradores más famosos de la historia y, sin duda, uno de los má intrépidos. Para entonces, Livingstone ya había recorrido 48.000 kilómetros de junglas y sabanas, se había adentrado en los rincones más inhóspidos de Africa, había descubierto lugares tan increíbles como el lago Nyasa o las cataratas Victoria y hasta había peleado con un león. Y lo que es más increible, había sobrevivido.

Debe ser verdad eso de que hay personas invencibles y almas inmortales. Livingstone, sin duda, fue una de esas personas, y por eso, su espíritu aún perdura dentro de cada viajero, de cada explorador, de cada aventurero en busca de un nuevo destino.

Dentro de ti.

Livingstone murió en la aldea de Chitambo, en Zambia, pero los autóctonos sabían que era su cuerpo el que había dicho basta, y no su corazón. Por eso, cuando desde Inglaterra reclamaron su cuerpo para rendirle honores y enterrarle en la Abadía de Westminster, desde África enviaron el cuerpo con una nota manuscrita que decía:

“Pueden quedarse con su cuerpo, pero su corazón pertenece a África.”

Y así fué, Livingstone fue enterrado en la Abadía, pero su corazón se quedó en Africa, enterrado bajo un anciano árbol que aún hoy contempla el paso del tiempo a su lado.

Dicen los viajeros que por allí pasan, que si se acercan al árbol, aún se pueden oir sus latidos.

Si has llegado hasta aquí, estamos seguros de que tú también llevas dentro parte de su espíritu. Por eso, te animamos a que cierres los ojos, agudices los sentidos y vislumbres tu próximo destino…

¿Puedes sentir cómo late?

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